jueves, 22 de agosto de 2013

De los artículos que nos enseñan a vivir nuestras vidas

Hola, chicas cosmo.

Acabo de leer uno de esos artículos que publican en blogs y revistas de tendencias (ahora no es moda ni belleza, ahora son tendencias) en los que alguien que alguien que, sin querer insultar, parece creerse sabio y digno de la admiración y la atención que pide, empieza a darte consejos acerca de cómo vivir tu vida, consejos tan particulares que cuesta creer que vayan a funcionar bien a tantos cientos de personas. Si es que somos todos igualitos.
Y con este ya van unos cinco millones de artículos así. Y todos vienen a decir lo mismo: no preocuparse, disfrutar de las cosas, un par de películas, un par de libros, un par de canciones, un par de polvos (por lo que podemos deducir que el sexo tiene el mismo valor emocional que valor literario tiene un best seller publicado el año de edición del artículo), un viaje (debidamente planificado por una agencia especializada), una excentricidad (si alguien te ha dicho que lo hagas ya no es una excentricidad), alcohol (del de marca, por favor), afecto (breve y sin defectos, no te vayas a encariñar) y a veces picotear en un par de drogas sólo por experimentar (¿alguien sabe si en Starbucks venden mota?).

Y me hace mucha gracia el hecho de que para hacer todo lo que estas personas sugieren hay que invertir bastante dinero. Y, claro, obtendremos experiencias, viviremos a tope, lo haremos todo al límite; disfrutaremos de nuestro mundo de cartón piedra, de nuestra fantasía irresponsable sin enseñanzas de ningún tipo acerca de lo que es vivir, nos tragaremos sin masticar una lección que no queremos aprender. Y no habremos vivido ni la mitad que otras personas que no se gastaron ni un duro, porque encontraron por sí mismas lo que querían hacer, qué canciones querían escuchar, que películas querían ver, qué libros querían leer, con quién se querían acostar, dónde querían viajar, qué beber y a quién querer; porque, en definitiva, vivir no cuesta nada. El mundo es una fábrica de alternativas, cojamos las que nos gusten e inventémoslas si no las hay, pero no nos convirtamos en alternativos prefabricados.

No hay que esforzarse para hacer ninguna de las cosas que plantean, ni lo más mínimo; no son formas de vida, son sólo experiencias vacías y sin valor, prestadas de la vida de otra persona. Cuando acaben, seguirás siendo la misma persona; están pensadas para eso, son como una montaña rusa, una forma de huir durante un rato. No cuestan más que el dinero que valen, y no dejan más poso que el vacío que queda cuando terminan. Y en todos esos artículos aseguran que “cuando seas mayor te arrepentirás de no haberlo hecho” y de que “nunca tendrás las oportunidades que tienes ahora que eres joven”. Efectivamente, es probable que cuando sea viejo, dentro de menos años de los que me gustaría, piense que me gustaría haber hecho un par de cosas que no he hecho; pero creo que para cuando llegue ese momento, ninguna de esas cosas será las que ponen en sus listas de cosas que tienes que hacer.

Por lo tanto, si llegados a este punto de la parrafada habéis llegado a coincidir un poco con la sarta de frases que he soltado, si he conseguido que penséis un poquito aunque no fuera mi intención, quedaos únicamente con el único consejo que puedo daros acerca de cómo vivir vuestra vida:

No hagáis caso de los artículos que os digan cómo vivir vuestra vida.


miércoles, 2 de enero de 2013

Primera entrada


2 de enero de 2012 2013

Un año más a la brecha. A aguantar presiones, ignorar inquinas, tragarnos mentiras como si ya no nos importara y a ser los cimientos de una sociedad patriarcal de monos sin pelo. Me propuse empezar este blog que no le importa a nadie por varias razones generales y ninguna concreta. No es tanto tener una motivación en especial como la falta misma de motivación la que me lleva a estar escribiendo esto.
Y si lo estás leyendo, es que algo te importa. O eso, o quieres procrastinar un poco más.
Quería empezarlo en año nuevo. ¿Por qué? Porque parece un buen momento para empezar cosas. No creo que realmente haya ningún misticismo en empezar algo con el término de un año, pero es una fecha redonda; “día 1”, y es el día 1 de verdad, no es un punto de referencia: es el primer día del resto del año.
Pero hoy es día 2.

Total, al final ¿para qué sirve empezar un nuevo año? Obviamente, para no tener que meter meses y meses y meses, sí, pero ¿por qué esa especie de ilusión de que empiece? Es como si se nos fuera a dar otra oportunidad. “¡Qué bien! ¡Un nuevo año! Dejaré de fumar, haré ejercicio, bla, bla bla… ¡Y esta noche, desfase total!”
Bueno, pues resulta que el 31 se puso el sol como todos los días, y mucha gente salió de fiesta como suele hacerse cuando se tiene la ocasión, no fue nada tan especial. Y, por mucho que queramos autosugestionarnos y pensar “no, no, no, este año será diferente”… al final el cambio de fecha sólo sirve para que tengamos que hacer un borrón cada vez que nos equivocamos y ponemos la fecha del año anterior.

Antes de concluir, me gustaría compartir una frase bastante buena que escuché ayer por ahí. No era exactamente así, pero no es que tenga una memoria prodigiosa, precisamente:

Escribamos algunas líneas antes de que la realidad empiece a arrojar borrones sobre la página en blanco que es este año que empieza”.