2 de enero de 2012 2013
Un año más a la brecha. A
aguantar presiones, ignorar inquinas, tragarnos mentiras como si ya no nos
importara y a ser los cimientos de una sociedad patriarcal de monos sin pelo.
Me propuse empezar este blog que no le importa a nadie por varias razones
generales y ninguna concreta. No es tanto tener una motivación en especial como
la falta misma de motivación la que me lleva a estar escribiendo esto.
Y si lo estás leyendo, es que
algo te importa. O eso, o quieres procrastinar un poco más.
Quería empezarlo en año nuevo. ¿Por qué? Porque parece un buen momento
para empezar cosas. No creo que realmente haya ningún misticismo en empezar
algo con el término de un año, pero es una fecha redonda; “día 1”, y es el día
1 de verdad, no es un punto de referencia: es el primer día del resto del año.
Pero hoy es día 2.
Total, al final ¿para qué sirve empezar un nuevo año? Obviamente, para
no tener que meter meses y meses y meses, sí, pero ¿por qué esa especie de
ilusión de que empiece? Es como si se nos fuera a dar otra oportunidad. “¡Qué
bien! ¡Un nuevo año! Dejaré de fumar, haré ejercicio, bla, bla bla… ¡Y esta
noche, desfase total!”
Bueno, pues resulta que el 31 se puso el sol como todos los días, y
mucha gente salió de fiesta como suele hacerse cuando se tiene la ocasión, no
fue nada tan especial. Y, por mucho que queramos autosugestionarnos y pensar “no,
no, no, este año será diferente”… al final el cambio de fecha sólo sirve para
que tengamos que hacer un borrón cada vez que nos equivocamos y ponemos la
fecha del año anterior.
Antes de concluir, me gustaría compartir una frase bastante buena que
escuché ayer por ahí. No era exactamente así, pero no es que tenga una memoria
prodigiosa, precisamente:
“Escribamos algunas líneas antes
de que la realidad empiece a arrojar borrones sobre la página en blanco que es
este año que empieza”.